lunes, 2 de octubre de 2017

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Somalia: Volvieron los piratas | Planeta Futuro | EL PAÍS

Volvieron los piratas

Los buques de guerra de la OTAN casi erradicaron la piratería en Somalia, pero los pingues beneficios económicos de esta práctica mafiosa la han traído de vuelta a las aguas del Índico



En la prisión de Garoowe (Somalia) hay 47 piratas encarcelados.

En la prisión de Garoowe (Somalia) hay 47 piratas encarcelados. 




Un pirata barbudo se cuadra con sorna cuando ve a los periodistas cruzar la gravilla roja del patio de la cárcel. Al notar su presencia, los demás prisioneros se vuelven con disgusto o escupen insultos a través de los barrotes. “Os odiamos. Por vuestra culpa estamos aquí encarcelados como animales en una jaula. Es humillante que vengan aquí tipos blancos a sacarnos fotos y hacer las mismas preguntas estúpidas una y otra vez”, dirá después Abdi Mahad, erigido en portavoz de los piratas.
Aquí, en Garowe, la capital del Estado somalí de Puntlandia (en el extremo del Cuerno de África) cumplen condena 47 antiguos asaltantes de barcos. La mayoría han sido condenados a pasar décadas entre rejas. Pero en este recinto carcelario financiado por la Unión Europea solo hay corsarios rasos, que se mezclan con yihadistas de Al Shabab, ladrones de ganado y maltratadores. Esta es la imagen que ofrece el buque insignia de la implicación occidental aquí: 47 desdichados hombres entre rejas sobre una meseta rocosa en un país asolado por la sequía y la inestabilidad.
Aunque la lucha contra la piratería en Somalia ha dado resultados. La comunidad internacional envió buques de guerra a proteger las rutas marítimas en el Golfo de Adén, y la UE entrenó a los guardacostas somalíes. Entre 2010 y 2013 se produjeron más de 100 secuestros de barcos al año y se pagaron millones de dólares como rescate. En 2015 y la mayor parte de 2016 no se completó un solo secuestro.
La Operación Atalanta esplegada por la UE (y comandada por España desde febrero de este año) sigue patrullando esas aguas junto a navíos indios, rusos y chinos. Pero las fuerzas de la OTAN se fueron en diciembre del año pasado y la presión sobre los piratas ha descendido considerablemente desde entonces. Por eso, se han reanudado los ataques. Este año ha habido al menos cinco secuestros frente a las costas de Somalia, incluyendo el petrolero Aris 13 y un pesquero que acabó transformado en el buque nodriza desde el que se organizaban nuevos asaltos.
La capital pirata
Puntlandia, una región que goza de cierta autonomía respecto al resto de Somalia, es donde empezó la piratería y también el lugar donde ha rebrotado. Puede que las cosas estén aquí un poco mejor que en otras zonas del país, pero la inseguridad y la pobreza crónica también son acuciantes. Al Shabab utiliza la región como una base de operaciones y el Estado Islámico también ha establecido aquí un punto de entrada. Los asesinatos, emboscadas y ataques suicidas se suceden cada semana.
En Garowe, a 200 kilómetros de la costa, viven los políticos y la élite económica de la región. Son los ricos de la zona los que están detrás de gran parte de las inversiones que han impulsado el sector de la piratería. El inconfundible hotel Holy Day, con forma de barco, es propiedad de un famoso pirata que lo ha convertido en un bloque de apartamentos. Frente a otro de los hoteles de la ciudad espera una gran limusina rosa. Ali Ahmed la alquila por 50 dólares la hora y dice que durante el auge de la piratería había mucha demanda. Ahora solo encuentra clientes un par de veces al mes, sobre todo para bodas.
Garowe es una localidad sorprendentemente cosmopolita. Hay electricistas indios, albañiles paquistaníes, cocineros kenianos, guardias de seguridad sudafricanos y somalíes que han regresado desde lugares como Estocolmo, Melbourne o Minnesota. Los criminales siguen lavando dinero, pero se han vuelto más discretos. El conocido traficante de armas apodado Gaagaale ya no tiene un puesto abierto en la rotonda. Pero aún le puedes encargar un rifle Kalashnikov por 1.400 dólares si conoces a alguien que tenga su número.
En Somalia hay 54 niños encarcelados y nueve de ellos condenados a muerte en otra prisión de piratas financiada por países occidentales
Redes criminales
“Se bloqueó su acceso a los barcos, pero las redes criminales no se disolvieron. Por eso, en cuanto el mundo ha parecido olvidarse de ellos, han reanudado los ataques”, explica Abdinasir Yusuf, de la ONG Puntland Development Research Center. “El aumento del número de guardias a bordo de los buques es lo único que hace que la piratería se realice a menor escala esta vez, mantiene Yusuf, que lleva una década investigando a los piratas y las organizaciones que hay detrás.
Los primeros piratas eran pescadores que atacaron a barcos que se aprovechaban de la ausencia de ley y orden en Somalia para arramplar con el pescado de sus aguas y verter residuos tóxicos. Pero según Yusuf, esta imagen romántica hace tiempo que dejó de ser cierta. “No tiene que ver con la pesca. Es oportunismo cínico”, argumenta. “Los mismos delincuentes organizados que manejan la piratería han cometido muchos otros crímenes”.
El experto detalla las campañas de concienciación locales, en las que participó el centro junto a los ancianos, imanes y líderes de clanes. “Se enfrentaron a la mafia local presentando argumentos reales frente a los beneficios que ofrece enrolarse en la piratería”, relata. El director de la ONG, Ali Farah Ali, explica que él mismo mostró a jóvenes analfabetos de las ciudades costeras vídeos de barcos piratas siendo destruidos y estadísticas que probaban que los asaltantes de barcos que se enriquecían eran muy pocos.
¿Hay alternativas?
Este tipo de iniciativas han ayudado a deslegitimar la piratería. En Garowe se ve cómo palacios a medio construir quedaron abandonados cuando los piratas se quedaron sin dinero. Nadie quería comprarles sus propiedades. Y muchos comerciantes locales ahora se oponen a ellos. Ahmed Jama Jowle, de 32 años, vende coches y muebles de oficina usados. Hace tres años levantó el Classic Stadium, un campo de fútbol de hierba artificial. “Quería dar a los jóvenes una alternativa”, explica.
El equipo de Garowe ha ganado el campeonato somalí. Pero, pocos, si es que alguno lo consigue, podrán vivir del fútbol. Mientras en el Classic se disputa un partido de la Copa Ramadán, unos chicos explican que 9 de cada 10 amigos suyos está sin trabajo.
Mientras tanto, los piratas se recuperan del golpe y buscan otros modelos de negocio, como el tráfico de armas o de personas, según un estudio de los think tanks OEF Research, Oceans Beyond Piracy y Secure Fisheries. “Llevan traficando con migrantes mucho tiempo”, sostiene Ben Lawellin, uno de los autores principales del informe. “Les permitió seguir a flote cuando la piratería decayó, y también les ha ayudado a financiar los nuevos asaltos”, apunta.
A las afueras de Garowe hay un gran campo de desplazados y refugiados de otros países. “Lo llamamos Washington porque las farolas parecen rascacielos de noche”, bromea la cocinera Idil Ghalbi en un restaurante con paredes de cartones de leche. Esta veinteañera nacida en la vecina Etiopía llegó aquí escapando de las continuas luchas fronterizas y de la sequía que asola la región fronteriza y que ha dejado a seis millones de somalíes dependientes de la ayuda humanitaria. Ghalbi cuenta que en el camino hasta Garowe tuvo que pagar hasta 1.800 dólares a grupos de hombres armados apostados en innumerables controles de carretera.
En Garoowe es posible comprar una pistola Makarov por 1.600 dólares o un Kalashnikov por 1.400 si sabes a quién pedírselo
De Puntlandia al mundo
Dos de las principales rutas de migración de África pasan por Puntlandia hacia la ciudad portuaria de Bosaso, al norte de la región. Desde allí, una vía prosigue por barco hasta Yemen y después a los países del Golfo. La otra atraviesa Sudán hacia Libia y más tarde a Europa. Se estima que cada uno de estos migrantes termina pagando unos 10.000 dólares a los distintos traficantes. Las historias de abusos en estos viajes son impactantes.
Los medios locales están llenos de historias sobre familiares de migrantes desesperados, caminando de ciudad en ciudad, pidiendo dinero para poder pagar sumas elevadísimas por encontrarlos. En general, los traficantes les tratan muy mal. Recientemente, dos grupos de migrantes menores de edad murieron al ser obligados a tirarse por la borda en altamar entre Yemen y Somalia, debido a que los traficantes tenían miedo de ser capturados por la guardia costera.
Un portavoz del campamento ‘Washington’ estima que cada mes lo abandonan —discretamente, ya que está prohibido— unas 100 personas. Hace un año, Abdikadir Mohamud Barre, de 23 años, dejó Kismayo, en el sur de Somalia, con intención de llegar a Europa. En su casa, solo los yihadistas de Al Shabab le podían ofrecer una ocupación estable. Fue arrestado en Etiopía y enviado a la cárcel de Garowe, junto a los piratas.
Un gato desnutrido se lanza contra las ventanas de plástico de la sala de estar de la prisión e interrumpe la conversación. “Como ves, todo el mundo se quiere largar de aquí”, dice el joven. “Yo lo volveré a intentar en cuanto me liberen”.
Los beneficios de la trata de migrantes han ayudado a financiar los ataques piratas recientes
Un somalí que trabaja de consultor externo para agencias de inteligencia extranjeras acepta hablar para este reportaje tras varios meses investigando a los traficantes de personas de la región. “No era el objetivo inicial del informe, pero descubrí que muchos de los financiadores de la piratería se han enriquecido con el tráfico de migrantes”, explica mostrando partes del documento con nombres y apellidos.
“Uno de ellos es agente de policía, y me confesó que ha ganado mucho dinero con eso. Me aseguró que ya no se dedicaba a ello, pero otros traficantes dicen que sí”, relata el investigador con la condición de mantener el anonimato. “Según ese policía y otros traficantes, los jefes piratas y sus redes tienen un papel principal en el tráfico de armas y de personas”.
Según sus averiguaciones, apunta, las organizaciones criminales aquí no se dividen por el tipo de actividad delictiva, sino por las regiones en las que operan. “Los mismos barcos suelen llevar migrantes a Yemen y traer armas de vuelta. Los que están al este de Bosaso venden munición al Estado Islámico, y los que están al oeste de Bosaso se las venden a Al Shabab”, ilustra. Para los terroristas, es más sencillo trabajar con los traficantes que organizar el suministro por su cuenta. Y para los expiratas, tienen todo el sentido dedicarse al contrabando marítimo.
Amigos en las alturas
Las bandas de traficantes de Puntlandia no solo colaboran con piratas y terroristas, sino también con políticos locales. Estos se meten en oscuros tratos de compraventa de armas por el embargo armamentístico que la ONU impuso a Somalia en 1992.
Cada año, un grupo de Naciones Unidas redacta un informe sobre la efectividad de la medida, que suele estar lleno de detalles sobre el crimen organizado somalí. El último documento, de octubre, abunda entre otros temas en las relaciones del jefe pirata Isse Mohamoud Yusuf, Yullux, con políticos, traficantes de armas e islamistas. Yullux fue quien secuestró a una familia danesa en 2011. Y su primo, el jeque Abdulqader Mumin, lidera el Estado Islámico en Somalia.
Tan solo en Puntlandia se registran 3.000 migrantes al mes
Entre los amigos de esta red que son famosos en Puntlandia se encuentra un exministro de Pesca y gobernador de la provincia de Bari entre 2011 y 2015. El informe señala que un representante de la organización de Yullux transfiere 4.000 dólares mensuales a una cuenta del Departamento del Tesoro de Puntlandia por cada barco extranjero que practica ilegalmente la pesca de arrastre en sus costas con piratas a bordo ejerciendo de guardias de seguridad.
Jonnah Leff, un experto que investiga las redes contrabandistas somalíes desde 2013, confirma por correo electrónico que es muy probable que el Gobierno puntlandés siga recurriendo a los traficantes para conseguir armas para sus soldados. “Es algo sistémico. También es la razón por la que los traficantes pueden seguir operando con impunidad. Todos tienen relación como clan”.
Uno de los principales denunciantes de estas relaciones entre piratas, políticos, traficantes y extremistas es Abdirizak Dirir Duaysane. Él fundó la unidad antipiratería de Puntlandia en 2010 y la ha dirigido con bastante éxito hasta hace poco. Desde mayo de 2012 hasta principios de este año, ningún pirata cobró un rescate en la región. Duaysane cree que la piratería ha vuelto por la impunidad con la que iraníes, yemeníes y otros pesqueros asiáticos practican la pesca de arrastre.
En una entrevista con la BBC en marzo, insistía en que es necesario parar esas prácticas, o cada vez más pescadores indignados engrosarán las filas de los piratas. Esa misma tarde, tras la emisión del programa, Duaysane fue despedido. “El Gobierno de Puntlandia colabora de forma sistemática con los piratas y los pescadores ilegales de arrastre”, sostiene en un encuentro en un hotel de Nairobi, la capital de Kenia.
La piratería regresó porque los pesqueros de arrastre iraníes, yemenís y asiáticos de nuevo capturan de manera muy agresiva el atún y otros peces codiciados
Y acusa con nombres y apellidos. "El Gobierno les otorga las licencias de pesca, aunque según la Constitución solo las puede conceder el Ejecutivo central, de Mogadiscio. El actual ministro de Pesca, Abdirahman Jama Kulmiye, recibe el dinero por debajo de la mesa. Creo que comparte las ganancias con el presidente de Puntlandia, ya que están relacionados", denuncia el destituido jefe de la unidad antipiratas. “No combaten el crimen marítimo, sino que son sus cómplices”.
Como prueba, Duaysane apunta a que cuando dos arrastreros yemeníes sin permisos de pesca fueron detenidos hace un año, aparecieron personas de la oficina del presidente puntlandés que exigieron y consiguieron la liberación de los pescadores. Hay cabecillas pirata vivendo en la región, sostiene su antiguo perseguidor. Y el Gobierno, añade, sabe quiénes son y dónde viven. Pero no los detiene para evitar nuevas guerras entre clanes. "Yullux es uno de ellos. Pero viaja libremente".

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